Esa noche la luna tuvo envidia.
No hubo sitio para ella, ni para el aire.
Se pararon las alas, cesó el concierto.
Solo los jadeos rompían el silencio.
Mil ojos invisibles miraban con lujuria.
La sangre era un caudal precipitado.
Se rompían los ritmos, se fundían los cuerpos.
El césped al contacto se estremecía.
Era el placer tan grande
que dolía la carne.
Esa noche la luna tuvo envidia.
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